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17 de febrero de 2020

CUANDO MI GATO FUE HUMANO (3)

Al principio no fue un problema que mi unicornio Cuernito convirtiera a mi gato en humano. Me agradó poder charlar con él y llevarlo a visitar a su familia biológica, y a él le agradó poder comer chocolate, frutas y helado. Peeeeero... la realidad tiene la mala costumbre de echar a perder las cosas, y poco a poco mi pobre Osito descubrió las desventajas de ser humano (o sea, aparte de perder su agilidad gatuna y necesitar solamente ocho horas de sueño).

La gota que derramó el vaso fue un descuido de mi parte: lo dejé solo un rato, él encendió la tele... y por desgracia fue a parar al canal de noticias. Cuando volví junto a él, mi pobre Osito estaba completamente desconsolado.

—Oooh, ¿qué pasa, cariño? —le pregunté.

—Mamá, ¿por qué los humanos son tan destructivos y tan crueles?

Ay, ay, ay. Justo lo que más temía que averiguara mi nene, peor todavía que la cuestión de las bolas ausentes.

Abracé a mi gato mientras pensaba qué contestar. Finalmente dije:

—Somos primates, mi cielo. Y como si eso no fuera bastante, nuestra especie es muy codiciosa. Las personas matan y destruyen para obtener beneficios de todo tipo. Otras son simplemente malvadas.

—No me gusta, mamá.

—Ya. A mí tampoco.

—¿Y por qué están asesinando a mis congéneres en Australia?

Ay, ay, ay, otra pregunta que definitivamente no tenía ganas de contestar. No deseaba engañar a mi hijo adoptivo, sin embargo, de modo que me armé de valor y le expliqué el asunto de la manera menos brutal que pude. Creo que entendió la cuestión del balance ecológico y la protección de las especies en peligro de extinción, pero dicha comprensión no fue suficiente para despejar la tristeza en sus ojitos dorados.


—¿Mamá? —dijo al cabo de un rato.

—¿Sí?

—Ya no quiero ser humano. No sé qué hacer con todos estos pensamientos en la cabeza, no me dejan dormir. Extraño mis garritas. Y mi pelaje. Y ya no me divierte cazar cucarachas. También extraño acurrucarme tranquilo en tu regazo.

—Yo también extraño eso último, bebé. —Suspiré—. Iré a hablar con Cuernito para que te devuelva a tu forma original. Esto ya ha durado demasiado y no soporto que seas infeliz. Espérame aquí.

Fui a buscar a mi unicornio. Lo encontré frente a la tele mirando la serie animada ¡Vete ya, Unicornio! (la favorita de Cuernito, por razones obvias).

—Espero que estés satisfecho —le dije con tono de reprobación—. Ya es tiempo de que arregles las cosas, Cuernito; mi pobre gatete ya no puede con tanta humanidad. —Conste que a menudo yo también me harto de ser humana, pero bueno, he sido humana toda mi vida, por lo que tengo más práctica sobrellevando dicha condición.

Cuernito puso cara de "lo siento". Sin embargo, no se levantó de donde estaba sino que señaló a mi gato con su cuerno. Me di cuenta entonces de que a Osito le había salido una cola peluda y de que sus orejas ya no eran humanas sino gatunas.

—¿El hechizo se está desvaneciendo por sí solo? —pregunté.

Cuernito asintió.

—Bueno, pero aun así estás castigado. Ve al jardín a hacer crecer la menta y a convertir caracoles en huevos de chocolate cubiertos de caramelo.

Mi unicornio obedeció pero gruñendo por lo bajo. Fue un sonido muy bonito, como un trueno en el cielo de un mundo diminuto de cuento de hadas. Mientras tanto, regresé con mi gato y lo abracé una vez más.

—Ya, ya —le dije a Osito—. No llores, esto acabará pronto. Volverás a ser un gato y yo me encargaré de que seas feliz por el resto de tu vida.

—Gracias, mamá. ¿Podrías hacerme otro favor?

—Claro, mi cielo.

—Ve a visitar a mis hermanos y a mi mamá biológica de vez en cuando y hazles mimitos de mi parte.

—Sí, seguro.

La cara de Osito se llenó de pelo.

—Y una última cosa —dijo él.

—¿Qué?

—Te quiero, mami.

Sonreí.

—Eso ya lo sabía aunque no pudieras decírmelo antes con palabras. Yo también te quiero, Osito.

—Miau.


G. E.

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11 de febrero de 2020

CUANDO MI GATO FUE HUMANO (2)

¿Qué hacer cuando tu unicornio ha convertido a tu gato en un muchachito? ¿Mandarlo al instituto a que aprenda cosas de humanos? ¿Llevarlo a pescar? ¿Obligarlo a pasar la aspiradora para quitar todos los pelos que desperdigó por la casa siendo un gato?

Decidí sacarlo a pasear por la ciudad, cosa que no me era posible hacer con él siendo un gato, considerando la cantidad de gente que lleva sin correa a sus condenados perros.

—¡Qué grande es el mundo! —dijo Osito mientras dábamos vueltas por el vecindario—. ¡Y cuántos humanos!

Nos habíamos cruzado apenas con veinte personas, pero claro, ¿cómo podría haberse dado cuenta mi nene, en su forma gatuna, de la cantidad escalofriante de humanos que existen en el planeta? Difícil también que llevase la cuenta de los que circulan frente a mi hogar cuando él pasa el rato escondido en el jardín.

—¡Oh, un pájaro! —exclamó Osito de pronto, y a los dos segundos estaba con el culo en el piso tras haber intentado, sin éxito, escalar un árbol en busca de la avecilla. Me miró con cara de desconcierto.

—Si te sirve de consuelo, hace muchos años que yo tampoco soy capaz de trepar árboles, cariño. Supongo que es más fácil con garras y menos kilos de peso.

Osito se limpió el trasero de los pantalones.

—¿Cómo hacen los humanos para subir a sitios altos si no pueden saltar casi nada?

—Escaleras, bebé, escaleras.

—¿Los humanos han inventado aparatos para compensar todas sus carencias físicas? Uau.

Percibí un tonito sarcástico en sus palabras, pero no me atreví a responderle ya que, en parte, considero a los gatos criaturas muy superiores a los humanos :-P

En fin, mi pobre Osito no tardó en descubrir por qué no puedo sacarlo a pasear en su forma gatuna. Ningún chucho sin correa se le tiró encima, pero a cada rato nos ladraba a lo loco algún perro desde el otro lado de un muro o reja.


—Ains, pero ¿qué pulgas han picado a estas criaturas, por el amor de Bastet? Yo no le siseo a cada persona que pasa por nuestro territorio.

—Ya, ¿qué le vamos a hacer? Los perros son un poco ton... Espera, ¿acabas de decir "por el amor de Bastet"? No recuerdo haberte dicho que Bastet es la diosa de los gatos.

Osito se encogió de hombros, lo cual me dio un poco de yuyu, la verdad. No sé, tal vez deba conseguir una estatuilla de Bastet y hacerle ofrendas de salmón ahumado y hierba gatera o algo así.

¿En qué estaba? Ah sí, los perros molestos. Bien, no todos los perros en mi vecindario entran en la categoría de ruidosos insufribles; muchos de ellos son sociables, y por lo tanto he conseguido ganar su amistad. Llevé a Osito por esas casas para ver qué pasaba, y la verdad es que mis amigos caninos no me decepcionaron: se dejaron acariciar sin problemas por mi gato en su forma humana, sobre todo una perra labradora negra cuya mejor amiga es... una gata de color arena.

Y claro, Osito aprovechó para acariciar a la gata también.

—Es muy suavecita. Y muy guapa. —Abrazó a la gata—. ¡Oooooh, me está ronroneando!

Me tomó media hora separar a Osito de la gata, ya que estaba algo así como enamorado :-D Peeero... se me había ocurrido que teníamos que pasar por un sitio en particular, uno de gran importancia para mi nene. Llegamos ahí al cabo de un rato y encontramos dos gatazos atigrados de color naranja, a los cuales llamé según mi costumbre. Ambos se aproximaron a saludar y luego olfatearon a Osito como si ya lo conocieran.

—¿Los recuerdas? —le dije a mi muchachito—. Son tus hermanos. La última vez que estuviste con ellos eran muy chiquitos.

—¿Mis... hermanos? ¿Hermanos?

Osito abrió los ojos como platos. Se aproximó entonces una gata gris.

—Sí. Y ella es tu mamá. O sea, la que te trajo al mundo.

—¿MI... MAMÁ? ¿¿MI MAMÁ??

A continuación gasté todos lo pañuelos que traía conmigo, ya que Osito reaccionó de esta manera:


En serio, qué ternura. Imagínenme con corazoncitos brotando por todos mis poros.

Permanecimos ahí un largo, largo rato y saludamos de paso a Marianne, la mujer que cuidó a Osito cuando murió su antigua dueña y que hoy en día sigue cuidando a los hermanos y a la mamá de mi nene. ¿Ven?, todavía hay gente buena en este mundo :-)

Nos retiramos a la hora del almuerzo... y entonces Osito se arrojó sobre una paloma, la pilló con ambas manos y empezó a arrancarle las plumas (¡lo que chilló la pobre!).

—¡OSITO, DEJA ESA PALOMA, QUÉ TE DIJE SOBRE CAZAR PÁJAROS!

—Pero... pero... ¡tengo hambre, mami!

—¡Suéltala!

La paloma se marchó tras dirigirle a mi nene una clara mirada de indignación con picotazo incluido. Se alejó volando... y acabó en las fauces de mi dragón, quien nos había estado siguiendo por la ciudad. Donald saludó agitando la mano.

—¡Eh!, ¿por qué él puede comer palomas vivas y yo no? —protestó Osito.

—Porque no es higiénico, cariño. A Donald no le pasa nada porque las rostiza en su estómago. Ven, vamos al supermercado a comprar medio pollo asado con patatas y un kilo de duraznos.

Dicho y hecho. Nos sentamos a comer en una plaza, pero terminamos compartiendo buena parte del pollo con dos gatos callejeros, tres gaviotas y un carancho con cara de mafioso :-D (En serio, no nos atrevimos a espantar al carancho; daba la impresión de que nos haría jirones en caso de negarle trocitos de carne.)

Pasamos el tiempo entre el almuerzo y la cena paseando en dragón :-)

Horas más tarde, ya en la cama, le leí a mi muchacho el libro El asombroso Mauricio y sus roedores sabios hasta que al fin empezó a bostezar. Apagué la luz.

—Gracias por mostrarme el mundo hoy —dijo Osito.

—De nada, cariño.

—Y gracias por llevarme a visitar a mis hermanos y a mi mamá.

—No hay de qué.

Osito dijo una última cosa antes de dormirse:

—Pero tú eres mi mamá ahora, y no cambiaría eso por nada. Hasta mañana, mami.

Corazoncitos brotando por todos mis poros otra vez.

G. E.

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5 de febrero de 2020

CUANDO MI GATO FUE HUMANO (1)

Fue obra de mi unicornio Cuernito, obviamente, porque ¿quién más en mi casa podría haberlo hecho? En fin, la cosa es que desperté a la mañana y, en lugar de ver la negra cara de mi gato asomando junto a mi cama, me encontré de pronto con un jovencito moreno de ojos dorados.

Menudo susto del carajo me pegué. Tras dar un salto en la cama y buscar el objeto contundente más cerano (el ventilador), encaré al jovencito pensando que debía de tratarse de un ladrón.

—¿Mamá? —dijo el muchacho, lo cual me confundió todavía más.

—¿De qué estás hablando? ¿Quién eres tú? Yo no soy tu m...

Entonces caí en cuenta de que el jovencito tenía exactamente el mismo color de ojos que mi gato, así como una cicatriz en la oreja derecha.

—¿Osito? ¿Eres tú?

—Me siento raro, mamá.

Bajé de la cama y abracé a mi pobre gato convertido en humano.

—Tranquilo, todo está bien. ¡Cuernito! ¡¿Qué carajo has hecho esta vez?!

Mi unicornio asomó su preciosa cabeza poniendo cara de "no sé de qué estás hablando".

—¿Le estornudaste a Osito en la cara, o acaso estabas aburrido y decidiste experimentar con tu magia? ¡Esto no es gracioso! ¿No te alcanzó con haber agrandado a mi gato por accidente hace dos años? ¡Vuelve a convertirlo en lo que era!

Entonces Cuernito tuvo el descaro de ¡sacarme la lengua y escapar corriendo!

—¡¿Pero qué te has creído, pedazo de... de... de...?!

Y ahí me quedé sin palabras, ya que mi unicornio es demasiado bonito y adorable. ¿Cómo podría reprocharle travesura alguna? De verdad, sería como enfadarse con un arco iris del que lloviesen bombones de chocolate rellenos de coco, crema de menta y/o licor de fresa (ñam ñam).

Sin embargo, el problema persistía: mi gato ya no era un gato sino un muchacho. ¿Cómo manejar tal situación? Mi pobre Osito se estaba poniendo muy nervioso, además.


—Ya, ya, mi precioso. No pasa nada, simplemente ya no eres un gato sino un humano. Encontraré la manera de devolverte a tu forma original. Ven, tal vez te calme un poco de comida.

Le puse a mi gat... digo, a mi muchacho, un plato de arroz con pollo. Al principio tuve que alimentarlo yo misma, ya que Osito no sabía cómo coger un tenedor.

—¿Qué pasó con mis bellas garritas? ¿Para qué sirven estos apéndices tan largos?

—Son dedos, mi amor. Se usan para sujetar cosas.

—No parecen muy út... —Cogió el tenedor y le dio varias vueltas—. Oh. De acuerdo, creo que ya entendí cómo funcionan.

Masticó dos o tres bocados de pollo pero miró el arroz con desconfianza.

—¿Son larvas de bichos? ¿Por qué no se mueven?

—No son larvas, son semillas de una planta.

—¿Una planta? Yo no como plantas, sólo cosas que caminan, se arrastran o vuelan.

—No te preocupes, los humanos sí podemos comer plantas. Prueba el arroz, tal vez te guste.

Al final sí le gustó, y se calmó bastante después de eso. Entonces me dijo:

—¡Estoy casi calvo y cubierto de una extraña piel que no es mía!

—Se llama "ropa", cariño. Es lo que usamos los humanos a falta de pelaje. ¡Y mira, así ya no se te subirán las pulgas! —Decidí no contarle que existen los piojos.

—¿Pulgas?

—Sí, esos bichitos molestos que hacen que te rasques y que me obligan a ponerte en el cuello ese líquido que huele tan feo.

—Ah.

—¿Verdad que así te sientes un poco más fresco, con este calor horrible que hace ahora?

—Bueno, sí. Pero ¿cómo se supone que voy a vivir ahora? ¿Puedo tirarme en el piso a dormir una siesta? Espera, ¿por qué ya no tengo ganas de dormir una siesta, si es la hora de mi primera siesta?

—Los humanos sólo dormimos ocho horas al día.

Osito abrió los ojos como platos.

—¿SÓLO OCHO HORAS AL DÍA? ¿¿Y cómo cuernos hacen para funcionar??

—Tranquilo, es lo normal para nuestra especie. El problema es que ahora tendremos que buscarte otras cosas que hacer. Mmmm, ¿quieres jugar a algo?

Fui a buscar el puntero láser pero no le llamó la atención.

—¿Por qué ya no me parece divertido tratar de pillar el puntito brillante? ¿Y por qué tiene un color distinto ahora? —Osito miró en derredor—. Todo tiene colores distintos, ahora que lo pienso.

—Sí, bueno, es que los humanos vemos más colores. Ven, ya sé qué podemos hacer para entretenerte.

Pasamos las siguientes dos horas jugando a rebotar una pelota contra la pared :-D Lo sé, no fue muy imaginativo de mi parte, pero es que hacía DEMASIADO calor.

Osito lo pasó un poco mejor a la hora del almuerzo. Le gustaron las frutas, no le hicieron mucha gracia las verduras (bueno, seamos realistas: a muchos humanos tampoco les hacen gracia) y AMÓ el chocolate.

—¡Esto es delicioso! —dijo entre bombón y bombón—. ¿Por qué nunca me diste nada de esto?

—Disfrútalo mientras puedas, cielete, porque los gatos no sólo no pueden sentir el sabor dulce sino que además el chocolate les resulta tóxico.

—Bue. Qué mal.

—Más tarde te serviré una porción de helado de chocolate.

Osito sonrió. Noté que seguía teniendo unos colmillos bastante largos, lo cual me pareció algo escalofriante en un rostro humano, como si fuera un vampiro.

En fin, después de enseñarle a Osito cómo ir al baño (o sea, el de mi casa, no su caja sanitaria) pasamos varias horas charlando frente al ventilador. Le expliqué a mi nene por qué no le permito salir al jardín a determinadas horas (automóviles y gente que pasea a sus perros sin correa), por qué no le permito asesinar aves, cuánta ternura me da cuando pide mimos, y lo poco que me importa que llene todo de pelos, ya que para algo están las aspiradoras (aquí aproveché para decirle que la aspiradora es inofensiva; el pobre siempre se asusta cuando la enciendo).

Él habló un poco menos; básicamente me dio a entender que es muy feliz viviendo conmigo, sobre todo cuando le permito dormir en mi regazo. Esto yo ya lo sabía, sin embargo :-)

Mientras tanto, mi unicornio seguía desaparecido, el muy sinvergüenza (o tal vez estaba pegado a una pared y yo no era capaz de verlo debido a sus poderes camaleónicos). ¡Pequeño cabrón mágico tierno y dulce como un pastelito!

En fin, apenas disminuyó un poco el calor, puse algo de música y le enseñé a Osito a bailar :-) ¡Lo hizo bastante bien para ser la primera vez! Debió de ser por toda la práctica que ha adquirido tratando de pillar sus juguetes en el aire cuando juego con él.

—¡No sabía que bailar fuera tan divertido! —exclamó—. ¡Me encanta esto que llamas "música"! ¿Por qué no me gustaba antes?

—Eso no lo saben ni los científicos, precioso mío. Tendrías que haber nacido loro en lugar de gato. ¡Oh, espera, quizás te resulten graciosos los vídeos de loros y cacatúas bailando! ¡Ven, te mostraré algunos!

Empezamos con los vídeos de loros y cacatúas y terminamos riéndonos con los vídeos de gatos, como era de esperarse.

—¡Mami, mami, si vuelvo a ser gato quiero que me consigas una de esas cosas que dan vueltas por el piso!

Se refería a un robot aspiradora :-) Le prometí conseguirle uno para su próximo cumpleaños (pero más vale que no se asuste de él cuando al fin lo tenga delante y moviéndose, ¿eh?).

Finalmente cayó la noche.

—¿Por qué está todo tan oscuro? —preguntó mi muchachito.

—Es que los humanos no vemos tan bien en la oscuridad. Espera, iré a encender la luz.

Eso hice.

—¡Oh, por fin lo entiendo! —exclamó Osito—. ¡Así es como logras que sea de día y luego de noche!

Cinco minutos después tuve que apartar a Osito del interruptor porque no dejaba de toquetearlo, súper fascinado con su nuevo descubrimiento.

—Ya, ya, bebé, vamos a cenar. A ver qué te parecen las zanahorias y los maníes. Y el helado de chocolate, ¿recuerdas?

—Eres tan atenta conmigo, mamá.

Osito recostó su humana cabeza en mi hombro. Le di un beso en el pelo. Conste que nos llevamos así cuando él es un gato, por lo que ambos gestos no fueron nada nuevo.

En fin. Cenamos, vimos en la tele la película La vida secreta de tus mascotas, y por último saqué para Osito la cama que está debajo de mi cama.

—A ver si mañana consigo que Cuernito te devuelva a tu forma gatuna —le dije a mi nene tras besarlo en la frente.

—Bueno. Pero no está del todo mal esto de ser humano, al menos por ahora. Me gustó el helado.

—Me alegro.

—¿Mami?

—¿Sí, cariño?

—Noté algo extraño cuando fui a hacer pipí.

—¿Qué cosa?

—¿Por qué no tengo bolas ahí abajo?

—¡Hasta mañana, que duermas bien!

Apagué la luz y fingí dormirme de inmediato :-P

G. E.

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Soy una mujer de intereses variados, incluyendo el chocolate, los dragones, la películas de superhéroes y las novelas de horror. Escribo porque no concibo la vida sin escribir.