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15 de octubre de 2017

UNA OKTOBERFEST ESPANTOSA

¿Recuerdan mi Oktoberfest del año pasado? ¿La primera con mi unicornio Cuernito? Pues bien, este año también nos sentamos a pensar una manera original de celebrar dicha festividad... hasta que sucedió algo inesperado. Era de noche, me distraje un momento para hacerme un té, y de pronto escuché a mi unicornio lanzar un relincho de ayuda. Giré la cabeza... ¡y vi a un montón de criaturas pequeñas y de aspecto raro secuestrando a mi adorado Cuernito!

Apagué el fuego bajo la caldera, agarré un cuchillo y corrí tras el grupo llamando a mi dragón Donald (quien estaba en la azotea, claro, porque hace años que no cabe en mi casa). Las criaturas, sin embargo, ya estaban desapareciendo con mi unicornio por un agujero en la tierra.

—¡Los seguiré por ahí! —le dije a mi dragón—. ¡Tú alcánzanos si puedes!

Mi Donaldito asintió y yo me interné en el túnel en pos de mi unicornio (porque cuando tienes una criatura tan adorable como un unicornio, no puedes dejar que te la afanen, punto). Obviamente me sentí igual que Alicia persiguiendo al Conejo Blanco, aunque en mi caso no se trataba de un conejo sino de... ¿qué eran esas cosas? No había podido observarlas bien en mi casa, y ahora era mucho más difícil a causa de la oscuridad en el túnel. Parecían, no sé, patatas grandes, verrugosas, medio descascaradas y con brazos y piernas. Trabajaban muy bien en equipo, sin embargo: llevaban a mi unicornio sobre ellos como una tabla de surf sobre una ola, y de tal manera que Cuernito no lograba zafarse. Al notar que yo me había lanzado al rescate, él se encendió como un organismo subacuático fluorescente a fin de señalarme el camino.

Llegamos así a una cueva muy amplia... ¡donde había más criaturas igualmente feúchas, pero de otros tamaños! Creo que eran gnomos, trolls y otros seres mitológicos típicamente calificados como malignos.

Esgrimiendo el cuchillo, y fingiendo más valor del que sentía en ausencia de mi Donaldito, exclamé:

—¿Quiénes son ustedes?, ¿qué es este lugar?, y ¡devuélvanme ya mismito a mi unicornio, pandilla de desgraciados!

Decir lo último fue mala idea. Todas las criaturas se volvieron hacia mí enseñando los dientes, y la verdad es que tenían muchos de ellos. Y bastante sucios, además; me hicieron pensar en mordeduras infectadas con potencial de causar septicemia.

Menos mal que en ese momento apareció mi dragón, todo sucio de tierra por haberse abierto camino con sus garras igual que un topo. Donald lanzó un par de llamaradas de advertencia al estilo comisario disparando al techo dentro de un saloon en una película del Viejo Oeste, y entonces las criaturas soltaron a mi unicornio y se refugiaron en los rincones, temblando de miedo.

Cuernito corrió hacia mí y se recostó contra mi pierna. Acaricié su cuello a fin de consolarlo.

—Bien, nos vamos ahora —dije—. Más vale que no nos sigan, y más vale también que no se atrevan a secuestrar de nuevo a mi unicornio, ¿entendido? ¡Adiós!

Di media vuelta, haciendo señas a Donald y Cuernito de que me siguieran... y casi de inmediato empezaron los llantos desconsolados detrás de mí. ¿Pero qué rayos...?

Volví a darme la vuelta y contemplé un espectáculo extraordinario: todas las criaturas en la cueva, que tan horribles y amenazadoras me habían parecido minutos antes, estaban berreando como bebés.

—Bueno, bueno, pero ¿qué les pasa? —pregunté.

Una de las criaturas se recuperó lo suficiente como para responderme, pero no hablando, puesto que sólo sabía pronunciar gruñidos, sino contándome toda una historia mediante señas.

Primero me señaló un cartel anunciando la Oktoberfest. Luego me guió hasta el fondo de la cueva, donde sus congéneres habían intentado, sin éxito, producir cerveza. Pude deducir lo siguiente: allí en la cueva no tenían cebada ni agua potable, y como las criaturas no podían subir a la superficie a comprar/afanar la bebida (por miedo a ser descubiertas), habían secuestrado a mi Cuernito a fin de que transformara su asqueroso brebaje, tal como hizo con el arroyo en la pasada Oktoberfest.

—Uf, pues haberlo pedido por las buenas y ya —contesté, poniendo los brazos en jarras, y las criaturas hicieron diversos gestos de vergüenza. Me estaba dando la impresión, sin embargo, de que el plan había sido secuestrar a mi Cuernito por un rato, nada más—. De acuerdo, hagamos esto: mi unicorno producirá suficiente cerveza para que puedan celebrar la Oktoberfest, y ustedes, a cambio, se asomarán de vez en cuando por la ventana de la vieja miserable junto a mi casa a fin de provocarle unos cuantos sustos. ¿Les parece bien?

Las criaturas asintieron, sonriendo de felicidad.

—Mi unicornio también convertirá unos cuantos palitos en cepillos de dientes para ustedes, ya que estamos —añadí—. Me da que nadie les ha informado sobre la importancia de la higiene dental.

Las criaturas se miraron entre sí con sendas expresiones de desconcierto, demostrando así la veracidad de mi afirmación.

—Haz lo tuyo, Cuernito —dije, y mi unicornio puso cuerno a la obra. En pocos segundos el líquido viscoso y apestoso de las criaturas pasó a ser deliciosa cerveza, y las criaturas pudieron al fin celebrar una Oktoberfest decente. Y me refiero a una fiestota con música y todo, dado que unos cuantos gnomos sacaron sus tambores y flautas y se pusieron a tocar melodías tradicionales de dicha festividad (a saber dónde y cómo las aprendieron).

Cuernito, Donald y yo decidimos celebrar con ellos. Total, una Oktoberfest es una Oktoberfest, incluso dentro de una cueva y rodeados de monstruitos :-D


Antes de irnos, mi unicornio hizo un último regalo a las criaturas subterráneas: les creó un manantial de agua pura y una especie de cebada que crece en la oscuridad. ¡Así podrán fabricar su propia cerveza para el año que viene! Espero que entonces nos INVITEN a la nueva fiestota, o sea, ¡sin secuestros de por medio!

¡Feliz Oktoberfest 2017 para ustedes también, queridos lectores!

G. E.

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